El robo de la despedida

Con voz cansada, ideas incompletas por la frustración de sentirse olvidado, en ese momento en que quiso desandar sus primeros pasos, para terminar el camino justo en aquel espacio que iluminó sus aún entreabiertos ojos, la desesperanza se apodera y no le permite poder retomar lo que soñó.

Siempre estuvo atado a un espacio, por voluntad propia, tratando de construir lo que entendía era lo que se necesitaba, cumplió con cada uno de sus deberes, no tenía horario de sentir el frío piso que arrullaba sus pies, para ponerse al frente de lo que día tras día le garantizaba formar su legado.

Cuando el timbrar del teléfono lo espanta de su mirada perdida, las palabras se entrecortan, su desesperanza aumenta, relucen las frustraciones, la culpabilidad se apodera de su mente, entiende que nunca tuvo la determinación de poder aglutinar y conformar de manera eficiente el espacio.

Ya perdido, su rendición ante un claustro obligado así lo demuestra, cuando te arroja palabras abrumadas por la insatisfacción de no cumplir ese perenne deseo, porque otros entendieron que era lo mejor, sin darle oportunidad de vivir lo que le pertenecía por derecho y asignación.

Hoy se alejan las nubes, ya no se posan sobre las montañas, no puedes ver el camino, te sientas a ver los acontecimientos que te presenta la televisión, sin despertar ningún rasgo del brillo anterior que emanaban de tus ojos, cuando pensabas que estarías al fin, despedirte en aquel espacio, ese lugar que tanto sudor y remembranzas produjeron, lo ves imposible, inalcanzable, como si no te merecieras, a pesar de la dedicación que tuviste.

Ya no importa el legado, sientes que fallaste, que la construcción al final no fue esa que pensaste, que te endilgaron desde pequeño que cada quien debía hacer para ganarse ese derecho, no, de nada valió el esfuerzo, porque otros decidieron tu final.

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